Un humo negro, denso, invade lentamente el cielo de la provincia de Buenos Aires. Parece que se avecina una tormenta, pero no: la oscuridad viene de abajo. Veinticuatro toneladas de papel se incineran en un descampado de Sarandí. Las portadas se arquean en el calor como pájaros. Es el año 1980, plena dictadura militar. En el intento por eliminar cualquier atisbo de oposición, la cultura también es entendida como campo de batalla. Esta hoguera de aproximadamente un millón y medio de libros fue la mayor de la historia argentina. Cerca del fuego, la policía controla que no quede ningún ejemplar del Centro Editor de América Latina. Los editores del sello más importante del país son obligados a fotografiar la destrucción de su trabajo para la causa judicial. Una de estas fotografías se exhibe en Burning Books (Libros en llamas), la instalación de Adriana Bustos que simula una biblioteca con varias publicaciones prohibidas y cinco fotografías de quema de libros en diferentes momentos históricos.
A lo largo de los siglos, el libro ha sido a la vez refugio de memoria y objeto de persecución. Su potencia para diseminar ideas lo convirtió en herramienta de resistencia y, en consecuencia, en blanco de censura. Adriana Bustos retoma ese doble filo cuando reconstruye la biblioteca. Mediante la copia minuciosa de cada una de las portadas trae al presente aquellos títulos censurados durante la última dictadura militar argentina, principalmente publicaciones de temática erótica, junto con cómics quemados en Estados Unidos en 1948 por su supuesta incitación a la delincuencia juvenil y a fantasías sexuales. Este último caso, en período democrático, trajo aparejado una subjetivación de la censura: los lectores salieron a quemar sus propios cómics después de que un sociólogo dijera que su lectura producía criminales y homosexuales (lo cual se puede ver en otra de las fotografías expuestas).
Si bien la copia permite trasladar una imagen en el tiempo y el espacio, al igual que una cita permite traer un libro al presente, cualquier mínimo desplazamiento produce un cambio radical. Cuando Hernán Soriano interviene libros antiguos y fotografías revela que ninguna imagen es idéntica a sí misma. La copia es siempre creación artística, movimiento, invención. Con un pantógrafo -esa suerte de araña de madera que amplía o reduce las imágenes con precisión de máquina- distorsiona rostros anónimos capturados por la cámara o hace que personajes históricos que jamás coexistieron, como Catalina II y Pedro el Grande, reproducidos a partir de dos páginas arrancadas de un tomo de Tiempos Modernos, se fundan en un beso.
Libros y fotografías, extraídos de su tiempo original, se comportan en esta exposición como fantasmas que no pertenecen del todo ni al ayer ni al ahora y dejan de ser soportes de una “verdad” documental para volverse artefactos inestables donde los imposibles se tocan. Al igual que proponía Barthes con su idea de “subversión sutil”, las obras de ambos artistas abren intersticios e introducen vacilaciones. Mediante sus montajes desafían tanto la linealidad temporal como lo unívoco de las lecturas ya que, al producir encuentros transversales, arman una nueva narrativa con los fragmentos del pasado. Socavan la idea de originalidad y de autoridad -sea la del Estado, la del archivo o la de la propia imagen- con un gesto que parece mínimo pero que reconfigura por completo la relación entre historia y memoria. Sus copias, bajo la apariencia de la repetición, conjuran lo que parecía perdido en los anaqueles de la cultura, abriendo un umbral entre lo visible y lo invisible, entre la tradición y el deseo.


