El vacío se sitúa en el intermedio de las obras de Elba Bairon pero está también en cada una de ellas. Insiste en su interior cóncavo, en el pulido de sus superficies, en el silencio que las envuelve como un ruido blanco y en la niebla diáfana del papel. Es la estructura fundante de su trabajo, el cual permanece sin título porque su potencia radica en lo no dicho y desde ese lugar se expresa. Escribir sobre su imaginario es intentar traducir un poema grabado en braile con granos de arroz. Sus morfemas rítmicos no narran una historia sino que constituyen un paisaje en devenir. Para habitarlo es necesario entrar en otra relación con la materia y con el tiempo ya que esta instalación, como sostiene François Cheng en Vacío y plenitud respecto a la pintura china, “busca crear, más que un marco de representación, un lugar mediúmnico donde la verdadera vida sea posible”.



