Esta biblioteca azul constituye una cartografía imaginaria, con la irremediable lejanía que transmite un paisaje marítimo o un cielo mirado a la distancia. Cada libro aparece suspendido en una profundidad silenciosa, envuelto en el éter de la trascendencia, como si flotara en una región donde la historia hubiera cesado de transcurrir.
Acostumbrado a recorrer Buenos Aires y a registrar las huellas de la ciudad en sus fachadas, vidrieras y calles, Facundo de Zuviría desplaza aquí su atención hacia otra geografía: la de la lectura. Una constelación intelectual que no documenta las marcas visibles del tiempo sobre los edificios sino las marcas invisibles que los libros dejan sobre la propia vida.
Uno por uno, cada volumen fue apoyado por el artista sobre una hoja sensibilizada y expuesto a la luz del sol. El resultado es una imagen en la que el azul de Prusia ocupa la superficie del papel y el libro se manifiesta como una silueta blanca, una reserva de luz, una ausencia. Quizá toda biblioteca sea, finalmente, una colección de fantasmas. En estas imágenes el sol ha borrado los libros para volverlos visibles, para que podamos percibir mejor su permanencia.
Los cianotipos representan la Biblioteca personal que Jorge Luis Borges organizó y prologó, cuya memoria nos conduce hacia la figura central del escritor más importante de nuestro país, así como al territorio inesperado de la ficción. Si la fotografía fue definida muchas veces como el arte de retener lo fugaz, los cianotipos radicalizan esa condición espectral. No registran una presencia sino una sustracción. Lo que la imagen conserva es el eclipse del libro entre el papel y la luz.
En los versos de un poema, Borges imaginó el paraíso bajo la forma de una biblioteca. No es difícil comprender por qué. En su sombra, en su penumbra hueca, conviven los muertos y los vivos, las lenguas remotas y las contemporáneas. Cada volumen es un umbral y cada anaquel, una bifurcación del universo. Sesenta y nueve escritores de diferentes lugares del mundo, y ninguna mujer, componen los rastros materiales de su pasión como lector y evocan aquello que el escritor llamó alguna vez “los palacios de la memoria”.
Un libro es un objeto entre los objetos hasta que encuentra a su lector, entonces ocurre la belleza. Los cianotipos reunidos en esta sala parecen prolongar esa frase de Borges. El azul pertenece a otra época de la fotografía, a sus días inaugurales, cuando la imagen todavía conservaba algo de experimento alquímico. Es el azul de los antiguos planos, de ciertos mapas, del cielo y del mar. Un color gélido asociado a la distancia y a lo infinito. Es por eso que en su belleza lejana e inasible se intuye una forma de eternidad.
Estos sesenta y nueve cianotipos representan la Biblioteca personal que Borges organizó y prologó en los años ochenta, y que fue publicada por Hyspamérica hacia 1985.
Los cianotipos son parte de un proyecto más amplio, Los libros, que comencé a desarrollar durante la pandemia. El proyecto consistió en un registro de mi propia biblioteca, en la que quise incluir aquellos libros que fueron importantes, para mí, a lo largo de mi vida. Entre ellos, varios escritos por Borges -sin duda el escritor que más me ha fascinado, siempre- y esta selección de los libros que él más apreciaba.
El resultado, una serie de sombras blancas de volúmenes de un mismo formato, representa el vasto mundo de la literatura que nos propone Borges. Quiero creer que en esas huellas azules dejadas por el sol sobre estos papeles fotosensibles perdura, al menos como metáfora, la esencia de cada uno de esos libros.
Facundo de Zuviría 16/06/2026
A lo largo del tiempo, nuestra memoria va formando una biblioteca dispar, hecha de libros, o de páginas, cuya lectura fue una dicha para nosotros y que nos gustaría compartir. Los textos de esa íntima biblioteca no son forzosamente famosos. La razón es clara. Los profesores, que son quienes dispensan la fama, se interesan menos en la belleza que a los vaivenes y en las fechas de la literatura y en el prolijo análisis de libros que se han escrito para ese análisis, no para el goce del lector.
La serie que prologo y que ya entreveo quiere dar ese goce. No elegiré los títulos en función de mis hábitos literarios, de una determinada tradición, de una determinada escuela, de tal país o de tal época. «Que otros se jacten de los libros que les ha sido dado escribir; yo me jacto de aquellos que me fue dado leer», dije alguna vez. No sé si soy un buen escritor; creo ser un excelente lector o, en todo caso, un sensible y agradecido lector. Deseo que esta biblioteca sea tan diversa como la no saciada curiosidad que me ha inducido, y sigue induciéndome, a la exploración de tantos lenguajes y de tantas literaturas. Sé que la novela no es menos artificial que la alegoría o la ópera, pero incluiré novelas porque también ellas entraron en mi vida. Esta serie de libros heterogéneos es, lo repito, una biblioteca de preferencias.
María Kodama y yo hemos errado por el globo de la tierra y del agua. Hemos llegado a Texas y al Japón, a Ginebra, a Tebas, y, ahora, para juntar los textos que fueron esenciales para nosotros, recorreremos las galerías y los palacios de la memoria, como San Agustín escribió.
Un libro es una cosa entre las cosas, un volumen perdido entre los volúmenes que pueblan el indiferente universo, hasta que da con su lector, con el hombre destinado a sus símbolos. Ocurre entonces la emoción singular llamada belleza, ese misterio hermoso que no descifran ni la psicología ni la retórica. «La rosa es sin porqué», dijo Ángelus Silesius; siglos después, Whistler declararía «El arte sucede».
Ojalá seas el lector que este libro aguardaba.
J.L.B.
Prólogo a Biblioteca Personal
