Un sol rajante abre estrías en la piel reseca de la salina. Sus grietas imitan las del caparazón tosco de una tortuga y la sumen en una temporalidad difusa. De vez en cuando, la lluvia lava sus recuerdos volcánicos y la cubre por completo hasta convertirla en un lago de sal. En su superficie espejada se refleja la memoria del territorio, la de sus habitantes originarios y el imaginario del porvenir, que cambia sus formas junto con las de las nubes.
El presente invade la tranquilidad de la puna con un arrebato intempestivo, hurgando en su intimidad con desparpajo. Traduce su secreto flujo al lenguaje explícito del capital y del mercado. El oro se convierte en moneda, la piedra preciosa en adorno, la sal en batería, el ónix en amuleto. Su contundencia material deviene símbolo abstracto o insumo en el funcionamiento de alguna máquina. Se lleva a cabo así una nueva conquista del desierto. Las poblaciones autóctonas oyen el estrépito de los camiones que hacen temblar el suelo, como la manada de bisontes de David Wojnarowicz justo antes de desbarrancarse por el abismo de la historia. Alrededor suyo el paisaje los mira inmolarse con la tristeza o indiferencia de un dios distante.
Con una memoria obstinada, Soledad Dahbar superpone lo ancestral y lo contemporáneo. A través de su obra, imagina una percepción sin sujeto, una fuerza sensible inscrita en la materia, que trae no sólo un recuerdo del pasado sino una presencia activa que aún reverbera. Extrapolado desde el sitio más lejano de la urbe al centro de la capital, un péndulo sigue los vaivenes de la tierra. Sus lágrimas dejan una huella de óxido sobre la sal, una forma misteriosa de escritura que tiñe lentamente el espacio en blanco que la subyace. Cerca suyo, otras rocas presentan otras escrituras -esta vez humanas y legibles- en su dorso. Son frases concisas, tan poéticas como políticas, en las que la artista nos advierte que la materia es, finalmente y quizás fatalmente, inseparable de sus usos e inscripciones.
En esta exposición las piedras dejan de ser pensadas como objetos inertes para convertirse en agentes de memoria y de traducción, capaces de condensar escalas temporales profundas y de revelar las relaciones entre cuerpo, territorio y lenguaje. En el contexto de la expansión minera y la extracción de litio en la puna, Dahbar desplaza el extractivismo del plano de la denuncia explícita hacia una experiencia sensible donde la belleza funciona como una estrategia de atención. Sus obras invitan a percibir el suelo como un campo de fuerzas donde convergen procesos geológicos, economías globales y formas de vida, proponiendo una reflexión sobre las disputas contemporáneas en torno a los bienes comunes y la persistencia material de un territorio que resiste ser reducido a recurso. El dispositivo artístico intensifica así un campo de relaciones donde las materialidades dejan de ser soporte para volverse un espacio de interlocución y pensamiento.
