Autorretratos

Juan José Cambre

30 de abril al 10 de junio 2026

La pasión según Cambre

Escindidas, veladas e inquietas, las vasijas dejan al descubierto que la totalidad es imposible. Cuando dos mitades se unen, abandonan categóricamente lo que eran para devenir otra cosa: un rostro que nos mira. O tal vez un ser esférico, como cuenta Aristófanes que ocurre en el mito sobre el amor. La recomposición del objeto partido implica en aquel caso la promesa de un tiempo circular donde el futuro no es sino el retorno a un estadio primigenio.

Esta serie representa asimismo un retorno en la obra de Juan José Cambre hacia una experimentación que tuvo lugar en su obra durante toda la década del noventa. El disparador de esta nueva búsqueda en óleo sobre papel es una sombra de aquellos años, que subyace en su memoria pictórica y se expande desde la trastienda como la oscuridad tiñendo todo el clima de la sala. Volver a la forma, sí, pero también volver a la mirada y al lenguaje: volver a ver (ver/de). 

La vasija, que abandona por momentos su borde, base y espesor, vibra en el instante previo a su completa desmaterialización. Su imagen ya no está dada, sino insinuada en sus intersticios. Así, lo que a primera vista parece uniforme se revela como un sistema de diferencias mínimas. Cada obra funciona como un microcosmos cromático, pero es en la serie donde ese sistema se activa plenamente. Ir de una pieza a otra buscando el leit motiv. No es casual que su trabajo haya sido asociado a la música. Al igual que una estructura sonora, sus pinturas se organizan en secuencias, ritmos y pausas. En la perseverancia, el ojo reconstruye variaciones.

 Verse a sí mismo en la observación de algo que se desvanece es lo que le ocurre también a la narradora de La pasión según G.H. de Clarice Lispector, quien se pregunta: “si miro la oscuridad con una lupa, ¿vería algo más que la oscuridad? La lupa no elimina la oscuridad, solo la revela aún más. Y si observase la luz con una lupa, de golpe vería solamente una luz más intensa. He entrevisto, pero estoy tan ciega como antes porque vislumbré un triángulo incomprensible. A menos que también yo me transforme en el triángulo que reconocerá en el incomprensible triángulo mi propia fuente y repetición”. 

Esta muestra se sostiene en esa identificación formal entre aquel objeto que permanece inaprensible y un sujeto que debe transformase cada vez más para poder alcanzarlo. Así las vasijas se convierten estructuralmente y simbólicamente en autorretratos. No como dos mitades que se reencuentran en un círculo pleno sino como dos conjuntos autónomos que instauran allí, en esa zona media donde cuenco y córnea alcanzan a rozarse, una efímera correspondencia.

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